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Seamos razonables

Llorones y héroes del transporte público

No sé quién me da más asco: el viejo que espera que le cedas el asiento en el metro, o el joven que se lo cede encantado.

Al primero: deje de clavarme esa miradita desaprobadora. Le recuerdo que usted, si es hombre, ya está jubilado; y si es mujer, se ha pasado la vida haciendo labores hogareñas (es decir, rascándose la entrepierna); así que mucho cansancio no tendrá. Y yo vengo de trabajar ocho horas. Así que la preferencia para mí, si no le importa.

Al segundo: borra esa estúpida sonrisa beatífica de tu cara. ¿Te crees mejor persona por eso? ¿Te crees que te la va a chupar la rubia del asiento del fondo, como recompensa por tu heroico gesto?

Lo mejor es que estos especímenes, cuando se abren las puertas del vagón, corren raudos a hacerse con un sitio, como si les pesara el culo; luego se pasan el viaje esperando que entre alguna persona por encima de 60 años para entregarles servicialmente su poltrona. Resultado: yo, que sí quiero ir sentado hasta casita, me tengo que joder y ver cómo el carcamal se queda un asiento que era mío por derecho.

Un espectáculo especialmente patético es cuando dos o tres de estos “benefactores” se levantan al unísono para ceder el sitio a alguna ancianita con andador; es triste verles sudando, con la vena hinchada, porfiando por ser el más amable del vagón y que todo el mundo lo sepa. Y cuando la ancianita (que está pensando para sus adentros “estos son gilipollas”) por fin se decide, los perdedores vuelven a sentarse con una cara que es un poema. Les han quitado su momento de gloria. Pobres.

Pensándolo bien, creo que me da más asco el joven. Al fin y al cabo, el viejo sólo intenta aprovechar un estúpido convenionalismo para ir cómodamente sentadito: un punto de vista egoista, pero comprensible. El joven, en cambio, convierte el reparto de asientos en una absurda competición y se pone en una posición incómoda (o sea, de pie) sólo por impresionar a una cuadrilla de desconocidos.

Sí, definitivamente prefiero un viejo insolidario que un joven gilipollas.

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