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14/11/2008
Llorones y héroes del transporte público
No sé quién me da más asco: el viejo que espera que le cedas el asiento en el metro, o el joven que se lo cede encantado.
Al primero: deje de clavarme esa miradita desaprobadora. Le recuerdo que usted, si es hombre, ya está jubilado; y si es mujer, se ha pasado la vida haciendo labores hogareñas (es decir, rascándose la entrepierna); así que mucho cansancio no tendrá. Y yo vengo de trabajar ocho horas. Así que la preferencia para mí, si no le importa.
Al segundo: borra esa estúpida sonrisa beatífica de tu cara. ¿Te crees mejor persona por eso? ¿Te crees que te la va a chupar la rubia del asiento del fondo, como recompensa por tu heroico gesto?
Lo mejor es que estos especímenes, cuando se abren las puertas del vagón, corren raudos a hacerse con un sitio, como si les pesara el culo; luego se pasan el viaje esperando que entre alguna persona por encima de 60 años para entregarles servicialmente su poltrona. Resultado: yo, que sí quiero ir sentado hasta casita, me tengo que joder y ver cómo el carcamal se queda un asiento que era mío por derecho.
Un espectáculo especialmente patético es cuando dos o tres de estos “benefactores” se levantan al unísono para ceder el sitio a alguna ancianita con andador; es triste verles sudando, con la vena hinchada, porfiando por ser el más amable del vagón y que todo el mundo lo sepa. Y cuando la ancianita (que está pensando para sus adentros “estos son gilipollas”) por fin se decide, los perdedores vuelven a sentarse con una cara que es un poema. Les han quitado su momento de gloria. Pobres.
Pensándolo bien, creo que me da más asco el joven. Al fin y al cabo, el viejo sólo intenta aprovechar un estúpido convenionalismo para ir cómodamente sentadito: un punto de vista egoista, pero comprensible. El joven, en cambio, convierte el reparto de asientos en una absurda competición y se pone en una posición incómoda (o sea, de pie) sólo por impresionar a una cuadrilla de desconocidos.
Sí, definitivamente prefiero un viejo insolidario que un joven gilipollas.
25/11/2008
Ungu y Christopher
Déjenme presentarles a dos personas. Atentos, que al final haré preguntas.
Una se llama Ungu, tiene 8 años y vive en un país africano pobre. Digamos que en Mali. No conocía ese país (y sean sinceros, ustedes tampoco), pero es el primero que me ha salido al buscar "país africano pobre" en Google. Perdón por hacer trampa.
El otro se llama Christopher, tiene 87 años y vive en el país más rico y poderoso del mundo. Me da pereza buscar cuál es el país más rico y poderoso del mundo, háganlo ustedes mismos.
Ungu es negro, delgado y lleva poca ropa.
Christopher es blanco, arrugado y desde hace 9 años la única ropa que lleva encima es la sábana de una cama de hospital.
Ungu es veloz pese a ir descalzo, se le dan bien las sumas y es el mejor de su aldea tirando piedras a los árboles.
Christopher apenas puede respirar por sí mismo, tiene la movilidad de un albaricoque y la capacidad mental del hueso (del albaricoque).
Ungu morirá en menos de un año de la enfermedad que más les apetezca.
Christopher prolongará su vida hasta unos prodigiosos 100 años; el día de su centenario sus familiares acudirán en tropel al hospital a hacerse fotos ataviados con gorros de fiesta en torno a su cama. Christopher, por primera vez en tres años, moverá el dedo gordo de su pie derecho en señal de alegría.
Ahora, el turno de preguntas:
- ¿Qué porcentaje del dinero gastado en la manutención y procedimientos médicos de Christopher a lo largo de un año serviría para costear la alimentación, medicinas y estudios de Ungu durante toda su vida? (pista: el resultado es inferior al 10%)
- ¿Qué constituye que un ser humano sea considerado como tal? ¿Simplemente que pertenezca a la especie homo sapiens, sin más? (aplíquese esta pregunta a los dos sujetos de estudio)
- ¿De verdad llegar a ser un viejo podrido de 100 años es algo apetecible?
- ¿Voy a tener que sacar la manita a pasear?
Recuérdenlo: cada vez que la medicina da un paso para alargarnos más la vida, Dios mata a un gatito.